En mi isla hay un pequeño lago. Un lago al que le cae una pequeña cascada y que en derredor hay multitud de caminos que llegan a él. Tiene tantos camino porque he llegado a él miles de veces buscando su ser. En él te reflejas y puedes llegar a verte, a ver tu propia alma, a desnudar la esencia limonada y ácida de uno mismo, pero además, te enseña el bien, el mal y la esperanza.
No está lejos de mi playa. Me miro de nuevo en sus aguas cristalinas y bebo de ellas...
Fui quizás todo eso que odias, pero no puedes llegar a entender el duelo que llevo dentro. No soy una buena persona, no tengo la integridad de una isla ni de una roca y puedo llorar. A veces, soy de cristal y no porque yo quisiera. A veces lloro sin que nadie me vea por ser así. A veces he llorado sin que me vieses por ser así. No sé cuantas veces lo hice, ni cuantas veces he suspirado pensando esto mismo. Me quisistes descubrir y entender y por más que te explicara, que al igual que una flor que florece en primavera, a su tiempo llegarías hasta el último rincón, incluido este pequeño lago. Yo te hubiera enseñado los caminos una vez llegaras a mi isla.
Pero al igual que fui enfermizamente nefasto en la vida de otras personas, también intenté reparar el presente y llegar a construir castillos de arena donde habitar y vivir esta aventura llamada vida. Traté de sonreir a pesar de suspirar. Traté de hacer el mundo un poquito más bello. Mi reflejo no es tan nefasto. Quizás algún recuerdo bueno haya.
Y al igual que hay llamas que ni con el mar, al igual que a pesar de rondar tu presencia y recordarme mil veces todos tus pequeños defectos, sigo amando cada uno de esos detalles. Sólo me queda la esperanza de tu lejanía, en la que te empeñas. Quizás lejana y pequeña, ya no duelas tanto.